Agricultura Orgánica

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Epílogo

En un antiguo proverbio chino encontramos esta pregunta: "¿El jardinero cultiva el jardín o el jardín al jardinero?...". Con relación a este proverbio y todo lo que pude volcar en esta obra como información de contenido práctico, quiero transmitir que la experiencia de cultivar orgánicamente me ha confirmado que uno mismo va cultivándose y aprendiendo permanentemente de la naturaleza, que posee una sabiduría infinita. Dice Masanobu Fukuoka: "El '~ supremo objetivo de la agricultura natural no es la i producción de alimentos, sino el cultivo y perfección ~ de los seres humanos".
Existen claros indicadores de que la humanidad está entrando en una nueva etapa. Por un lado, abundan las señales de una realidad apocalíptica e insostenible y por otro lado se multiplican las conciencias y las actitudes de un mundo cada vez más humano, más armónico y más ecológico. Estas son realidades que conviven hoy en nuestro planeta Tierra. Como decía mi amigo Federico: "Hay un mundo que se va... y hay otro mundo que viene". Siento que vivimos actualmente en los umbrales de un profundo cambio y que, sobre todo, se trata de un cambio en las conciencias.
Como humanidad, estuvimos muchos siglos atentando contra la naturaleza y contra nosotros mismos. Ya es imposible reparar muchos de los errores del pasado; pero es posible que desde ahora comencemos a construir una nueva historia, descontaminando y purificando nuestras vidas y nuestro planeta Tierra, para embellecerlo de verdad y convertirnos en dignos habitantes de él.
Entre los errores del pasado que mencioné, está la destrucción de millones de hectáreas de suelo fértil. Quiero reiterar algo que considero de suma gravedad: a partir de la década del '30 la agricultura industrial y química de monocultivo fue explotando y envenenando los suelos hasta su exterminio. Este tipo de agricultura, predominante en la actualidad, no tiene ninguna relación de pertenencia íntima con el suelo, como sí tienen, por ejemplo, las culturas aborígenes citadas en el Prólogo. Lo que hace la agricultura industrial "antiecológica" es arrendar los campos para cultivar y cosechar sus productos, repitiendo los ciclos de monocultivo y cosechas hasta que el suelo se agota y deja de rendir económicamente. Entonces, abandona esos campos destruidos y contaminados para arrendar otros nuevos y continuar así la producción (léase destrucción). Como es obvio, este sistema no tiene el mínimo espíritu de cooperación con la naturaleza.
Recordemos que el suelo es un organismo viviente y la agricultura orgánica lo trata y lo respeta como tal. También recordemos que la ecología, como ciencia, ha definido al suelo como un recurso no-renovable, es decir que cuando se lo mata o desertifica ya no es posible recuperarlo.
Los suelos bien nutridos orgánicamente y ricos en fertilidad natural producen alimentos sanos y su consumo permite mejorar la llamada calidad de vida de toda la sociedad, si a esto unimos, como nos enseña la ecología social, una visión holística del mundo y una acción respetuosa y solidaria con todos los seres vivos. A propósito de esto dice Theodore Roszak: "Las necesidades del planeta son las necesidades de la persona y los derechos de la persona son los derechos del planeta".
El suelo alimentado naturalmente otorga a los vegetales que en él crecen cualidades de resistencia e inmunidad a las plagas, enfermedades y adversidades climáticas. Un suelo sano y cultivado con las técnicas de la agricultura orgánica es la mejor garantía para que no surjan en él plagas ni enfermedades.
La agricultura del siglo XXI seguramente incorporará la variable ecológica para producir los alimentos, priorizando la calidad sobre la cantidad. Entonces, la agroecología pasará a ser un campo de conocimiento muy importante en todo emprendimiento rural. De esta manera, la humanidad podrá recuperar algo que siempre le perteneció: una relación de armonía con la Pachamama (Madre Tierra), de cuya salud y fertilidad natural dependen todos los seres vivos.

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